jueves, 3 de abril de 2008

· Creo que he visto una luz, al otro lado del río ·


Cacerola de teflón - Ignacio Copani

No te oí... En los días del silencio atronador.
No te oí junto a las madres del dolor,
no sonaste ni de lejos, por los
chicos, por los viejos olvidados.

No te oí... Puede ser que ya no estoy oyendo bien,
pero al borde de las rutas de Neuquén,
no te oí mientras mataban por la espalda a mi maestro.

Y entre nuestros cantos desaparecidos
yo jamás oí el sonido de tu tapa resistente,
que resiste comprender que hay tanta gente
que en sus pobres recipientes sólo guarda una ilusión.

Cacerola de teflón, volvé al estante,
que la calle es de las ollas militantes,
con valiente aroma de olla popular.

Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar con los tambores militares
como tantas veces te escuché sonar.

No te oí... cuando el ruido de las fábricas paró,
cuando abril su mar de lágrimas llenó.
No te oí con los parientes del diciembre adolescente,
asfixiado.

No te oí. Puede ser que mis oídos oigan mal,
pero no escuché en la exposición rural,
reclamar por el jornal de los peones yerbateros,
por la rentabilidad de los obreros,
por el tiempo venidero, porque venga para todos.

No te oí ni te oiré porque no hay modo
de juntar tu avaro codo con mi abierto corazón.

Cacerola de teflón, volvé al estante
de los muebles de las casas elegantes
que las cocineras te van a extrañar.

Cacerola de teflón, a los bazares
o a sonar en los conciertos liberales
como tantas veces te escuché sonar.

No te oí en el puente de Kosteki y Santillán
No te oí por el ingenio en Tucumán.
No te oí en los desalojos ni en los barrios inundados de este lado.
No te oí, en la esquina de Rosario que estalló
Cuando el ángel de la bici se calló
y sus ángeles pequeños se quedaron sin comida.

Y jamás te oí en la vida repicar desde acá abajo
por un joven sin trabajo, a la deriva.
Debe ser que desde arriba,
desde los pisos más altos
no se ve nunca el espanto y las heridas.

Cacerola de teflón, volvé al estante.
Yo me quedo en una marcha de estudiantes
donde vos nunca supiste resonar.

Cacerola de teflón, a los bazares
o a llenarte de los más ricos manjares
que en la calle no se suelen encontrar.

Cacerola de teflón, andá a c... ocinar.




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[.sobre todo creo, que no todo está perdido.]

viernes, 8 de febrero de 2008

La insatisfecha Victoria



“Para conformarse se ha inventado el jamás”
Silvio Rodríguez

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Victoria se levanta temprano, un día más. Piensa en todo lo que debe hacer, en lo que aún queda por terminar de la noche anterior, cuando alguna excusa baladí la encontró para conquistarla.
Sale a la calle y camina. Otro día más con sus obligaciones. Sus estudios, el trabajo, los amigos, la familia… Y la rutina se nota, se siente por su peso a cada paso; ella sólo piensa resignada que esa es su vida.
Y llega el colectivo y esos veinte minutos al trabajo son los ideales para desprenderse un rato y volar.

Abril despierta acompañada. Siempre. Se dirige a Tiffany’s a desayunar otra vez. Vida nómade de actriz. De aquí para allá. En cada puerto…
Un amante distinto, buscando un par de arrebatos cada noche, cediéndole su alma entera a quien esté dispuesto a robársela.

Victoria vuelve a casa. Lo único que desea es gritarle al viento y que éste le conteste qué ha hecho ella para merecer todo esto. ¿Qué ha hecho ella? ¿Quién reparte? ¿Quién juzga? ¿Cuándo fue que el tiempo se puso tan violento? El maldito tiempo que no para de avanzar. Alguien le había dicho alguna vez que aunque el tiempo parezca tener vida propia es decisión nuestra qué hacemos con él. Cuánta falta de sentido tenían ahora esas palabras. Todavía estaban frescos; impregnados en su piel aquellos momentos en que sólo visualizaba la perfecta imagen y la forma de obtenerla; el marido ideal, los hijos, el jardín y ser una chica Almodóvar. Y ser una chica Almodóvar. Y hoy… Nada de eso queda, nada más que una imagen difusa. Sueños eran. Sueños olvidados, tal vez, en alguna copa de una noche de bar. No eran más que caretas, que personajes forjados en la mente que ahora sólo la perseguían para hacerle notar el fracaso, o para ofrecerle algún viaje volador. Hoy todo es un gris laberinto y ella sólo busca la salida.
Nada queda de esas tardes risueñas. Sólo voces en su cabeza que no logra callar.
Decide salir a caminar, buscar la luna en la ciudad, buscar alguna momentánea compañía.

Pasó de todo y ella sigue de moda. Abril camina, todos la admiran. Todo es pasión y lujuria y placer. Todavía anhela aquellas tardes sin sol en que tomaba mate en el jardín. Qué lejos quedó todo. Cuántos kilómetros de distancia, si tan sólo pudiera volver.

La incógnita la lleva a la obsesión, al orgullo de su silencio. Si al menos por una vez el deseo se obsesionara con ella, por un rato nomás. Si alguien la consolara de su angustia, de esa angustia indescriptiblemente descriptible.
Nada, nada es capaz de saciar su sed. Esa sed de soñar, de tener, de poseer, de ser quien no es. Un poco lista, un poco boba. Ella, siempre intelectual, siempre la de anteojos de grueso marco negro. Crear personajes de ficción.
Todo es locura, todo es incesto, todo es pecado, y al fin y al cabo, se da cuenta, lo único que desea son unas noches locas, jugando a ser alguien más.
Aquel que reparte parece haberle quitado todo, hasta el derecho de soñar. Pero ella arriesga. Y no gana. Siempre igual. Siempre es la monótona rutina la que obtiene la victoria.
Camina. Transita calles; entrada la noche (alguna nueva excusa volvió a ganar y no pudo hacer todo lo que se dice por ahí correspondía) vuelve a casa. Sola. Desalentada. Insatisfecha.
Insatisfecha, es siempre eso. La insatisfecha Victoria.

Abril recorre ciudades; Madrid, Buenos Aires, Nueva York. Y en todos lados un vacío. Ese vacío profundo y rotundo que siempre está e irónicamente la hace sentirse acompañada.

Victoria sueña. Una vez más. Y vuelve a despertar. Todo sigue igual. El mundo sigue girando, ella sólo piensa que desea que lo paren; se quiere bajar. Es tarde, se apura. Quiere llegar a los veinte minutos voladores. Esos minutos, segundos libres de culpas; de responsabilidades, colmados de libertad. Pero siempre culminan. La encuentra la 9 de julio y Corrientes; su parada. Algún día, no bajará. Espera alguna vez juntar el valor para hacerlo. Pero no se siente capaz. Ella, tan débil, tan frágil, tan sumisa. Pero tan insatisfecha. Otra vez esa palabra, piensa.

La soledad la encuentra en su cuarto de hotel. Años evitándola, aunque ahora pareciera que siempre estuvo allí, escondida, en algún baúl. Piensa sin hallar respuesta que en cuál avión habrá sido que se subió con ella para no bajar dejándola. Tan sólo esperar, tan sólo esperar a que se quede en algún otro aeropuerto.

Toma el colectivo de regreso. Qué lejos está. De nuevo esos veinte minutos esperados. Los piensa, los desea, los aprovecha, los disfruta. Qué absurdo parece todo lo demás. Tantas cosas realizadas para en realidad no haber hecho nada. Para que sus únicos momentos de disfrute sean esos tontos veinte minutos en un transporte público.

Aeropuerto en Nueva York. Tal vez acá se queda, piensa Abril.
Aeropuerto en Buenos Aires, tal vez acá sí.
Y ya no se quería desprender. En algún momento sin darse cuenta había aprendido a disfrutar de su compañía, o a convivir con ella. Era lo único que sentía que realmente le pertenecía. Lo único realmente de ella. Esas horas de vuelo; el único tiempo en que de verdad estaba sola. No más romances, no más amantes. Soledad, pensamiento, reflexión. ¿Deseaba algo de lo que alguien le dijo poseía? Insatisfacción (nuevamente esa palabra).

Victoria viajaba. ¿Tal vez hoy? ¿Hoy será el día en que no se baje? ¿En que seguirá viajando para no despertar?
9 de julio y Corrientes. Nadie desciende.
Victoria abre los ojos (sabía, la única forma de no bajar sería cerrar los ojos, sentirse dueña de su vida, pertenecer a su sueño, sentirlo propio). Ve el edificio de oficinas al que debía entrar. Esboza una sonrisa.

Finalmente piensa y acepta que es insatisfecha, que el ser humano lo es.
El paisaje la abruma. El escenario está desierto y de nuevo esa angustia que le comprime el pecho y le provoca querer gritar.
¿Cuándo fue qué perdió el camino? ¿Qué el recorrido dejó de ser el mismo, qué la incertidumbre se apoderó de su ser? ¿Cuándo fue que los múltiples personajes que creó en ella se entrelazaron?
En algún momento sintió a su sueño, se apoderó de él. Y ya no abrió los ojos, motivada por el deseo, por el enorme atractivo de ser alguien más. De jugar por un rato a ser esas tantas y diversas personalidades que deseaba.

Un día, Victoria, a su nombre le agregó “Abril” porque se le antojó.
Victoria Abril. Y ni así se conformó.
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Lucía Poy
2007
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Gracias Lulila. Gracias por tanto. Te quiero hasta siempre.

viernes, 11 de enero de 2008

M A E S T R O


Fredes,


Me quedo con tu sonrisa, con esa con la que nos despediste el 7 de diciembre, me quedo con tus abrazos, con tu fuerza, con tu lucha, me quedo con tu convicción, y con tu amor por el Acosta y tus alumnos, me quedo con tus ganas, tu entereza, tu pasión por la docencia, me quedo con el recuerdo de un hombre grande, grande y noble, con quien compartí poco pero suficiente como para quererlo de forma sincera, y sentir y sufrir y llorar en el alma su ausencia física, y valorar y admirar su presencia aún ausente, presencia viva mientras vivamos los que podemos recordarlo, los que lo vimos vivir y morir como los árboles, de pie.

Y así es como debemos recordarlo, homenajearlo y despedirlo: enteros, fuertes y de pie, como lo hizo él, aún cuando su salud le jugaba una mala pasada, siempre firme, luchando junto a sus alumnos y toda la comunidad del Mariano Acosta.


Buen viaje Carlos, y hasta siempre.



Viqui Serral


Egresada 2007 5º2º

viernes, 7 de diciembre de 2007

Entrega de diplomas

El discurso que no fue

Escribo y borro. Avanzo y vuelvo atrás. Empiezo, dejo, y retomo. Pienso y pienso y no se me ocurre cómo empezar, o se me ocurren mil formas. No se me ocurre qué escribir, o se me ocurren mil cosas. Se hace difícil sintetizar todo lo que es el Acosta en un discurso ¿Cómo explicar tanto pero tanto afecto y tanta gratitud? ¿Cómo resumir los mejores 5 años de mi vida en una hoja A4? ¿Cómo hacerles entender lo que significa el Acosta para cada uno de nosotros? No hay manera. No se puede. De la única forma que se puede comprender lo que genera en cada uno de nosotros es viviéndolo. Porque el Acosta es mucho más que la institución a donde venimos a formarnos, porque la razón por la que elegimos y reelegimos esta escuela cada día no es ni el contenido curricular, ni el calendario académico, ni el sistema de enseñanza. Porque el aprendizaje pasa por otro lado. Porque el año que viene, o el otro, o como mucho el otro, nadie se va acordar de los alcanos, ni los alquenos ni los alquinos. Mucho menos vamos a poder resolver un problema de función cuadrática. ¿Webber? ¿Hobbes? ¿Quiénes son esos? En francés apenas voy a saber decir cómo me llamo y de dónde soy. Pero van a pasar años, muchos, vamos a tener hijos, nietos y quizás no podamos ayudarlos con sus tareas, pero cuando nos pregunten por nuestra escuela, todos vamos a poder contarles acerca de nuestra primer rateada, nuestro primer parte, de los campamentos con Diego y Fredes, del metegol en el aula del CESMA, del pasillo de biología, de los entre turnos en la puerta negra, de los partidos de fútbol, del truco, de la cantina, del frío de Siberia y Transiberia, del abrazo a la escuela en el 2005, de la facultad de ingeniería, de la toma por las becas y la satisfacción de conseguirlas, de las marchas, asambleas, actos, jornadas, de Opendoor, de Pressing y el quiosco de Sergi, de los sábados en el torneo de ex alumnos, de las ganas de terminar el secundario sólo para poder jugarlo, de los intercolegiales y la copa coca cola, del 3 de junio y todas sus consecuencias, de la Kennedy, de Piedras y el tan bien recordado Perú, del 17 de agosto y la toma en la jefatura, de Bariloche, del 17 de septiembre, y el tan esperado regreso al Acosta, de la reapertura del patio y las guerras de agua, de la fiesta de egresados, de las despedidas, de la entrega de diplomas. ¿A mí qué me importa saber de química orgánica y resolver problemas de funciones lineales, cuadráticas, triangulares, cónicas? ¿Qué me importa lo que dice Webber sobre los tipos de sociedad y de dominación? ¿Qué me importa todo eso si yo de esta escuela me voy habiendo aprendido acerca de muchas cosas bastante más significativas y útiles que lo que dicen los programas? ¿Qué me importa si a mí el Acosta me enseñó sobre valores, sobre compañerismo, sobre amistad, sobre lucha, sobre sensibilidad, sobre felicidad? Eso me enseñó el Acosta, a ser un poquito feliz todos los días, aunque sea un momento, de todos los que vivo acá, me siento feliz, mis amigos me hacen feliz. “Me diste en oro un puñado de amigos”, dice un tango, a mí el Acosta no me dio un puñado, me dio una banda. Y no importa qué pueda pasar mañana, el mes que viene o en un año. Hoy, tengo una banda de amigos, que me aguanta el corazón y la razón y mucho más. Y como la mía hay muchas bandas, y podemos ser muy distintos, pueden diferenciarnos muchas cosas, pero hay una que tenemos todos en común, hay una en la que todos pensamos igual. El Acosta para nosotros, no es un colegio, es una identidad. Me llamo Victoria, soy Argentina y del Acosta y después viene todo lo demás. Y hoy salgo por esa puerta, y digo salgo porque no me voy, ni me voy a ir nunca, y lo único que espero es que todos los que quedan, y los que entran y los que vayan a entrar, sientan al Acosta como lo sentimos nosotros. Que en cada grito de Acosta se les vaya la voz y el alma, que jueguen los intercolegiales como la copa del mundo, que canten el himno con la misma pasión que en la cancha, que el pecho les llegue al cielo cuando llevan el escudo, que sientan el mismo orgullo que nos invade a nosotros cada vez que decimos: "Soy del Acosta"

martes, 4 de diciembre de 2007

Julito presente


"Un pedazo grande de la histroria del rock en España, Julián Infante..."

Hace 7 años el sida quiso llevarte. Le salió mal al muy re jodido. Porque aunque se haya llevado tu cuerpo consumido, nos dejó la mejor parte. Seguís acá Julito.
Casi casi no te extrañamos.

"Extraño"

Si tú me extrañas a mí, yo no me olvido de tí.
¿Por qué, mi amor, separarnos?

Si tú me lloras a mí, hago lo mismo por tí...
¿Como enjuagarlo?
Y no es verdad que aquí nadie apuesta un duro más.
Maldita apuesta feroz, y de por medio el amor...
Cuando faltas te extraño.

No es una canción de amor, eso al menos pienso yo;
es algo más sano.

Con la opinión de Dios, quizás uno de los dos
lo vea más claro.

¿Quién rezará, quién ganará este estúpido duelo?

Maldita apuesta de amor, que uno de los dos perdió.
cuando faltas me muero...

Julián Infante

domingo, 2 de diciembre de 2007

adiós amigo adiós




"Sólo se vive esta vez..."

Y después de 42 años elegiste ya no vivir. Pero puta que viviste Pato. Y hoy te escucho y te lloro, y sonrío payaso. Porque en vida te encargaste de garantizarme a mí y a muchos la sonrisa, con tu música y con tu bajo y tu tan destacado humor. "Si pudiera intentar, teletransportación, una máquina del tiempo o encontrarte en otro cuerpo, si puediera clonarte..."
Entonces te agradecería por eso, nos dejaste lo mejor de vos, y también con las ganas de más. Pero como no puedo, desde este intrascendente espacio cybernético te escribo estas palabras, que dudo sean leidas, pero creeme que son sentidas.

No me queda más que pedirte que abraces a Julito de mi parte y me esperen juntos con un tequila, el bajo y la guitarra.



¡Buenas suerte y hasta luego Daniel Zamora!

martes, 13 de noviembre de 2007

Colores en el viento

"Tan de uno que uno mismo" escribió una vez Cortázar.
Y así lo siento a él.



Una vez me dijiste que cuando yo sea presidenta vos querías ser el secretario de la buena onda.

Para mí ya lo sos. Quizás no el de la nación entera. Pero al menos el mío.







Vos sos para siempre Juanchi, para siempre.